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EL SALTO DEL TEQUENDAMA

La niebla en el Salto del Tequendama no es como la de cualquier otro lugar de Colombia; no cae del cielo, sube desde el abismo. Quienes transitan la antigua carretera que serpentea junto a la cascada de 157 metros dicen que la bruma espesa huele a humedad vieja y a desdicha retenida durante décadas.

Sucedió a mediados de los años noventa, cuando el histórico mansión-hotel sobre el precipicio aún yacía totalmente abandonado, con sus ventanas rotas como cuencas vacías mirando hacia la nada.

Mateo y dos amigos decidieron subir de madrugada desde Bogotá para fotografiar el amanecer sobre la cascada. La noche estaba extrañamente serena, silenciada por el retumbo distante y monótono del río Bogotá golpeando las rocas al fondo de la falda rocosa. Al estacionar cerca del mirador, una densidad helada atrapó el vehículo. El motor se apagó solo.

Al bajar, la linterna iluminó la balaustrada de piedra gastada. Sobre la cornisa, apenas a unos pasos del vacío, vieron la silueta de un hombre vestido con un traje oscuro, desgastado, de corte antiguo. Permanecía inmóvil, mirando hacia el abismo sin inmutarse por el frío glacial.

—Oiga, amigo, con cuidado —alcanzó a gritarle Mateo, pensando que se trataba de alguien a punto de saltar, reviviendo la trágica fama que perseguía a ese lugar desde inicios del siglo XX.

El hombre no se giró. Solo levantó un brazo lentamente y señaló hacia la mansión abandonada. Fue entonces cuando escucharon el murmullo: no venía de la persona frente a ellos, sino del viento. Un coro sordo de voces superpuestas, susurros desesperados que parecían brotar de las profundidades del cañón.

Mateo dio un paso hacia él para intentar agarrarle la chaqueta, pero una ráfaga de viento helado cruzó la carretera. En un parpadeo, la niebla cubrió la cornisa por completo. Al despejarse un segundo después, el hombre simplemente ya no estaba. No hubo grito, no hubo impacto en las rocas, no hubo rastro. Solo quedó sobre la piedra un pañuelo de tela húmedo, amarillento por el tiempo, pisado por nadie.

Al volverse hacia la casona, la linterna de Mateo rozó el segundo piso. Tras los cristales rotos de uno de los balcones principales, distinguieron tres figuras pálidas que los observaban en absoluto silencio antes de desvanecerse entre la sombra de los pasillos abandonados.

Aterrados, regresaron al coche, cuyo motor arrancó de un solo llavezo. Aceleraron cuesta abajo sin mirar por el retrovisor. Desde esa noche, Mateo entendió por qué los campesinos de la zona dicen que en el Tequendama el tiempo no pasa: las almas que buscaron una salida en el abismo permanecen atrapadas en la niebla, esperando a que alguien escuche su historia.

Jesus Cervantes
Desde niño crecí muy cerca del mundo paranormal, gracias a los dones y experiencias que acompañaron a mi madre. Aquella cercanía despertó en mí una fascinación por todo aquello que escapa a nuestra comprensión. Con el tiempo estudié Periodismo, aprendiendo a buscar respuestas a través de la investigación y los hechos. Tras el fallecimiento de mi madre, esa búsqueda adquirió un significado aún más profundo: intentar comprender lo desconocido, explorar sus misterios y descubrir qué hay realmente al otro lado de lo que podemos ver.
https://emisionparanormal.es

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